Luminarias en Puerto Montt, Chile
No se sabe qué puede una encontrarse a la vuelta del farol de la esquina en esta empedrada calle de la vida. La vida tiene muchos recovecos, giros, sobresaltos, cambios, condimentos, diversos sabores, todo, todo puede pasar en este mundo. Tan diverso como la variedad de cosas que en él hay. Tanta variedad que caben los opuestos, los contrarios, los complementarios, lo bueno, lo malo, lo distinto, lo necesario, lo mágico… Qué tan grande es este mundo que en él entran ambos, lo mágico y lo real, que no es otra cosa que absolutamente todo, todo es real y todo lo real es mágico.
Quizás por momentos lo olvidamos, pero cada segundo que pasa, es un segundo… es un segundo. De él podemos hacer lo que querramos: un beso, una caricia, una melodía, una lágrima, una risa, un suspiro, un gemido, un abrazo, un sueño cumplido. En definitiva, nosotros lo creamos, así que nosotros, manejamos el reloj. A hacer de cada segundo, la seguidilla de números que nos guste contar.
Reflejo de lo antigüo
(Mi papá sacó una foto similar hace más de 30 años, sin que yo lo sepa, en otra ciudad del mundo. Así que esta foto, va en tributo a él)
La casa que nunca pude armar.
Había una vez una casa, en el armario de mi casa, en el pasillo, ése, el frío que daba al jardín.
Todos los mediodías después de comer, solía jugar con mi padre a algún juego de mesa. Adoraba esas horas. Aun hoy las recuerdo.
Estaba el favorito, como siempre. En este caso era la casa que se armaba con piecitas de lego. Pero era el favorito y era el que nunca podia jugar, porque faltaba la pieza elemental: el manual.
Si mal no recuerdo, creo que una sola vez pude armar la casa entera. Con gran dicha viví en cada uno de sus rincones y cree en ellos historias tan melodramáticas como me gustaba inventar con mis playmobil en aquella época, y que me gusta inventar con mi vida hoy por hoy.
Sueño con poder volver a ver esa casa armada.
Quise usar mi inteligencia para dar forma a aquel tumulto de piecitas, pero nunca tuve éxito. Varias veces la emoción de creer estar lográndolo, me invadió. Pero al instante la frustración se hizo presente.
Una frustración como la que hoy, tantos años mas tarde y con cosas tanto más complicadas que una casa de juguete, me toca timbre.
Puse todas mis fichas, buscando sana y mutua diversión, en un casillero vacio. Así me encuentro hoy.
El tiempo que perdí, como en aquellos días de mi infancia buscando el manual, intentando llegarle al corazón a alguien que resulto tener una cavidad aortica totalmente vacía.
Confesé mis más íntimos secretos, dije mis más reales y dolorosas verdades, a alguien a quien no le importo en absoluto. Era una casa sin cimientos la que podría haber construido en una relación sin compromisos con ese hombre al que quise llegar y contra el que termine chocando.
Hoy estoy así. Recordando viejos juegos. Podría usar mi creatividad, buscar las piezas e intentar armar una totalmente distinta, pero que puede albergar estoy segura, cualquiera de las historias que en mi mente aun inocente puedan figurarse.
Quizas la realidad es que a los dos no faltó el manual. A él, el de amar, a mí, el de vivir sin miedos. Quizás la realidad, es que el manual no está afuera, sino adentro nuestro. Buscarlo fuera, es la pieza mal encajada de esta historia.






